domingo, 23 de noviembre de 2014

Cuando era pequeña solía pensar que el amanecer era algo mágico, que la luna desaparecía sin más y el sol salía de pronto. Recuerdo esas noches en las que intentaba quedarme despierta todo el tiempo que podía para intentar verlo salir, para descubrir qué pasaba en ese momento, era algo que realmente me fascinaba pero nunca conseguía ver. Nada sabía entonces de las largas noches sin dormir, solo pensando, y de lo duros que eran los amaneceres que venían después, unos amaneceres que de mágico no tenían mucho, y que daban paso a largas mañanas de ojeras y mala cara. Siempre había sido del todo ajena a esos amaneceres más oscuros que la misma noche y en los que el sol no aparecía por ninguna parte, esos en los que ningún consuelo era suficiente para llenar tanto vacío incomprensible, en los que te sientes sola estando rodeada de gente y sientes que nada es de verdad, que todo es falso y todos te mienten o te acaban fallando, que simplemente la mejor solución es no confiar para así no salir herida.
Nada es así, nunca es todo tan blanco o tan negro, tan bueno o tan malo, sólo dependerá de la perspectiva, del ángulo, del enfoque. Siempre hay algo bueno en todo lo malo o algo malo en todo lo bueno, nada es perfecto, aunque pueda parecerlo, ni existe tampoco una mala situación de la que no se pueda sacar algo bueno. Hay que centrarse en eso, en las cosas buenas, por pequeñas que sean, ese es el único modo de seguir adelante.


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